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El barco cisne

La nave cisne blanca de Albor junto al barco de guerra de Veronia, en calma sobre el mar

El capitán Lucio contempló preocupado las nubes en lontananza, estaban empezando a oscurecerse y cargándose de lluvia, pero con un poco de suerte el viento las llevaría lejos de él y de su barco.

El barco surcaba rápidamente las olas a golpe de remos, donde los remeros, una curiosa mezcolanza de esclavos y ciudadanos de baja ralea, sudaban mientras empujaban hasta la extenuación la nave hacia donde la voluntad de su capitán desease.

Se giró y se dirigió a su guardaespaldas Carl.

—Creo que esta vez tendremos suerte, Carl —dijo Lucio—. Esa tormenta se dirige hacia el norte o como mucho nos rozará un poco. No creo que tengamos más que unas pocas sacudidas.

Carl, un nórdico altísimo arrebujado entre pieles y una capa negra, gruñó brevemente.

—Menos mal, ya te dije que si nos topábamos con una tormenta pensaba cobraros el doble —añadió Carl.

Lucio se rio visiblemente complacido.

—Seguro que sí, cuando se trata de dinero tenéis una excelente memoria —siguió Lucio—. No tanto para cuando os digo que os reunáis conmigo en tal lugar a tal hora. —De todos modos, ¿no estáis acostumbrados los comefocas a las tormentas de allí arriba?

—No comemos focas en Wulfheim, mi señor —le respondió Carl con una mirada fría.

—No, supongo que no —dijo Lucio mirando a otra parte, desinteresado.

—¡Barco a la vista! —gritó de repente el vigía—. ¡A estribor, a estribor!

Lucio se acercó a la barandilla y entrecerró levemente los ojos para tratar de ver mejor. Por aquellas aguas apenas había piratas pero era un peligro que nunca podía descartarse por completo.

La silueta del barco... no, no era un barco de Veronia y tampoco tenía la figura de uno de Sirania ni el velamen de uno de Daab. ¡Era un barco pequeño y de gráciles líneas, era un barco cisne de Albor!

A medida que se acercaron pudieron comprobar que en efecto era una de las blancas naves cisne de Albor, no había naves más rápidas en los 7 reinos, pero también eran muy pocas, encontrarse con una era en efecto un evento poco usual. Conforme estuvieron más cerca pudieron percatarse de que la nave estaba parada, así que se acercaron a ver si el navío precisaba de asistencia.

Cuando estuvieron a pocos metros estuvo claro que el barco cisne había sufrido un ataque. Se escuchó una algarabia en el barco mientras los marineros se aprestaban a coger las armas por si una nueva lucha fuera a empezar de nuevo.

Carl empuñó fuertemente su hacha mientras empezó a escrutar a los supervivientes, pero pronto quedó claro que no parecían piratas.

Los ocupantes de la nave cisne vestían las armaduras de cuero verdes y las capas blancas de la ciudad de Albor, y aunque parecía que el barco había sufrido algunos daños estaba claro que habían escapado de sus agresores no hacía mucho.

Los tripulantes de la nave cisne también se estaban preparando para un ataque a juzgar por los movimientos en el otro barco, así que Lucio ordenó ondear el pabellón blanco-amarillo en señal de paz y asistencia en alta mar.

En cualquier caso el otro barco no parecía en condiciones de ponerse en movimiento a corto plazo, así que las dos naves se acercaron.

—¡Ah del barco! —gritó Lucio—. Soy Lucio Aulus, capitán del Buen Presagio y servidor del gran principado de Veronia. ¿Con quién tengo el gusto de dirigirme?

Se asomó una figura un poco enjuta, que portaba la armadura verde y la capa blanca de Albor, pero también una florida diadema de laureles que denotaba que era un noble de dicha ciudad.

—Soy el conde Elián Dimou —dijo aquella figura—. Y acepto vuestra solicitud de asistencia, hemos recibido un ataque de los piratas hace poco y estamos tratando de remendar las velas.

Con un gesto, Elián invitó a Lucio a abordar el barco, y este lo hizo sin muchos titubeos.

—No son aguas especialmente peligrosas, conde —continuó Lucio—. Pero no están exentas de riesgos, ¿se encuentran todos bien?

—Casi todos bien —respondió Elián—. Pero no todos, esos piratas nos emboscaron al rodear el cabo de Chorinti, y atacaron nuestro velamen para inmovilizarnos mientras nos lanzaban flechas. Fue una suerte que incluso con la vela dañada pudiéramos dejarlos atrás, pero si llegan a dañarla un poco más...

Elián meneó la cabeza.

—Es evidente que Nanshe no lo ha querido así, habéis tenido mucha suerte —dijo Lucio.

En ese momento una pequeña figura se agitó tras Elián, era evidente que alguien se ocultaba junto a él. Con cautela, salió a la vista desde la espalda de su protector.

—Ah, sí —dijo Elián—. Os presento a mi hermana Briseida Dimou, es un poco tímida pero dados los acontecimientos del día nadie puede culparla.

Briseida hizo una reverencia.

—Os doy las gracias por asistirnos, mi señor —dijo Briseida, dirigiéndose a Lucio—. Sois una brisa providencial en un día tan aciago.

Lucio se quedó pasmado ante la belleza de Briseida, jamás había visto una belleza igual en ninguna otra parte. Había escuchado muchas veces de la belleza y delicadeza de la familia arcóntica de Albor, pero lo que tenía ante sí... superaba cualquier descripción o palabras que el mejor de los bardos pudiera cantar.

Notó cómo el rubor le subía a la cabeza y a las mejillas y empezó a sentirse estúpido. Intentó organizar rápidamente sus pensamientos, no sin antes advertir la mirada burlona de Carl clavada en él.

—Eh, sí, claro... —se recuperó Lucio—. Por supuesto que ha sido un honor y un placer, ahora mismo daré órdenes a mis hombres para que os ayuden en las tareas de reparación.

—A la vuelta le haré saber a mi padre de vuestra gentileza, es un gesto que no olvidaremos —dijo Elián.

Lucio asintió.

—Y si no es mucho atrevimiento, ¿puedo preguntar cuál es vuestro destino? —continuó Lucio—. Quizás podamos escoltaros por un tiempo, los piratas no se atreverían a atacar dos barcos armados.

—Claro, no es ninguna impertinencia. Nos dirigimos a la ciudad de Daab, mi hermana va a desposarse con el hijo del emir Zahir, en realidad el compromiso se ha anunciado hace poco así que quizás no lo hayáis oído.

Lucio no lo había oído, en general no prestaba atención a las historias de los bodorrios y casamientos de los siete reinos. Eso era más bien pasatiempo de su hermana Lucía que no dejaba de entusiasmarse con todos los relatos que traían los bardos hasta Veronia.

Elián seguía hablando aunque Lucio había perdido momentáneamente la atención observando la hermosura de Briseida.

—... y aceptamos su ayuda y escolta en este viaje —continuaba Elián—. Es un gran honor para nosotros y queda también invitado para la boda, estoy seguro que el emir Zahir sabrá apreciar vuestra ayuda en esta travesía.

—Sí, sí, por supuesto —respondió absorto Lucio—. Si me disculpáis volveré a mi barco a dar órdenes a mi tripulación, hablaremos más tarde.

—Será todo un placer —respondió Briseida, con una sonrisa fulgurante en su rostro.

Lucio y Carl volvieron a su barco, Lucio en silencio y Carl mirándolo fijamente. Cuando por fin llegaron al camarote de Lucio, este cerró la puerta y suspiró profundamente.

—No puedo evitar mencionar que parece que os habéis fijado en la muchacha, mi señor —comentó Carl.

—Sí, claro, ¡cómo no! —dijo Lucio—. Cualquier hombre con sangre en las venas lo haría. Menuda hermosura.

—La habéis encontrado en alta mar, no tienen escapatoria y nuestra tripulación es más numerosa —asintió tajantemente Carl—. —Podríais tomarla a la fuerza y hacerla suya, es evidente que su hermano no tiene cómo protegerla y nadie sabría nada de lo que ha sucedido aquí.

Lucio lo miró con sorpresa.

—¿Acaso me tomáis por un salvaje? —respondió escandalizado Lucio—. ¿Qué te crees, que en Veronia nos comportamos como los salvajes de Wulfheim? ¿Qué clase de costumbres son esas?

Carl se rascó el mentón.

—Pues las mismas que las vuestras, solo que con menos ceremonias, mi señor —respondió Carl—. No es como si en Veronia no hayáis hecho eso mismo en otras ocasiones... Pero como deseéis, al fin y al cabo un hombre tiene que tomar aquello que desea. —Como veo que ya estáis seguro en vuestro camarote, mi señor, me voy a retirar a descansar. Avisadme si deseáis salir de nuevo.

—Sí, claro, podéis marcharos —dijo Lucio todavía escandalizado—. Y no quiero que volváis a sugerir nada semejante.

Lucio se quedó a solas en sus aposentos, y la idea de Carl no dejaba de darle vueltas en la cabeza. No, ¡claro que no podía hacerle aquello a esta gente!, pero por otra parte el viaje sería aún demasiado largo y tantas cosas podrían pasar...

—Joder... —susurró en voz baja.