Botín de guerra

Los cuervos alzaron ruidosamente el vuelo mientras los saqueadores de cadáveres se acercaban cuerpo tras cuerpo a hacer su trabajo.
Frick se mordió el labio y dejó emitir un leve gruñido. No le gustaba la idea de hacer mucho ruido y atraer la atención de algún contingente de siranios a los que seguramente no les agradaría la idea de que hurgara entre las pertenencias de sus compatriotas.
Miró brevemente alrededor y al no ver ninguna amenaza prosiguió vaciando los bolsillos de aquellos pobres desgraciados caídos en combate. Alguno aún andaba moribundo, suplicando la ayuda o la muerte. Aunque Frick conocía a alguno de sus compañeros que se prestaban a ayudar de un modo u otro a aquellas pobres almas, él personalmente simplemente los ignoraba en la medida de lo posible. No le correspondía a él sino a los dioses decidir qué les pasaría a aquellos desafortunados.
La desgracia de unos era la fortuna de otros. Frick había tenido una mala época, pero la reciente guerra entre el Reino de Sirania y Kremlonia le había permitido tener unos ingresos "extra" justo cuando la cosa empezaba a ponerse fea para él. Su trabajo no era tampoco exento de riesgos, y sabía muy bien que si era atrapado por los sirianos (o incluso algún kremlonio codicioso), ese sería su final. Solo cogió aquello que era más valioso y fácil de cargar, puesto que aún tendría que recorrer muchos kilómetros hasta llegar a casa.
De repente escuchó el grito de júbilo de uno de sus compañeros. El cabrón seguro que habría tenido suerte y habría dado con algún botín de un rico soldado o aristócrata caído. Por su parte solo encontró unas cuantas monedas, que sumando todas en conjunto, la verdad es que tampoco estaba nada mal. Metió todas las monedas en su bolsillo y continuó abriéndose paso entre cadáveres de soldados y caballos muertos hasta el límite del campo de batalla.
"Unas cuantas batallas más como esta y a lo mejor podría arrendar un pequeño terreno donde plantar zanahorias", pensó.
Continuó caminando y emprendió camino de regreso a casa.
Su aldea estaba cerca de Kremlodon, la capital de Kremlonia. Lo bastante cerca para observar a la distancia el enorme torreón que coronaba la ciudad. Llegó a casa y saludó a Frida, su mujer, que se alegró mucho en cuanto vio las monedas y sacó la comida que tenía escondida para cuando los forrajeadores del reino venían a buscar provisiones para su ejército.
—Es una buena cantidad —dijo Frida—. ¡Creo que esta noche podremos comprar algo de carne y celebrarlo!
Frick hizo una mueca de desagrado, no le gustaba derrochar el dinero tan pronto, pero bien es verdad que una celebración era necesaria de tanto en tanto.
—Está bien, pero no te excedas y regatea lo máximo al carnicero, que últimamente parece querer vivir a nuestra costa —dijo.
Le dejó el dinero a su mujer, escondió el resto y fue con unas cuantas monedas a la taberna para celebrarlo a su manera.
Cuando entró en la taberna encontró a su viejo amigo Holden, le saludó, pidió una cerveza y se sentó en la misma mesa que él.
—¿Cómo te va todo, Holden? —dijo Frick—. ¿Aún sigues enseñando a los niños de la aldea, o has encontrado por fin algo más suculento?
Holden sonrió amablemente.
—No todo se mide por dinero. ¿Pero qué vas a saber tú? —dijo, medio riéndose—. La verdad es que esos niños me necesitan y disfruto viéndolos crecer y aprender.
—Sí, bueno. Siempre ha sido lo tuyo —respondió Frick—. Aunque siempre he dicho que con esa cabecita tuya podrías aspirar a mucho más. Podrías acceder incluso a la universidad.
—La universidad... —suspiró Holden—. Sí, quizás algún día. Pero ¿sabes? Hay mucho por hacer aquí también, y tu hijo está empezando a aprender las primeras letras y números.
—¡Total, para lo que le va a servir! —suspiró Frick—. Oye, ¿qué sabes de la guerra? ¿Te ha dicho alguien quién va ganando?
—Solo rumores —respondió Holden—. Pero la última victoria de Kremlonia va a obligar a Sirania a bajar la cabeza durante un tiempo. —Los siranios aún siguen teniendo el control del mar, así que el bloqueo de la ciudad va a seguir por un tiempo. —En algún momento llegarán a algún tipo de acuerdo, intercambiando esto por lo otro, y las cosas volverán a la normalidad supongo. Aunque esto serían malas noticias para ti.
—Malas noticias serán sin duda —añadió Frick—. Pero también te digo que duermo mejor por las noches sabiendo que no hay ningún grupo de soldados que pueda llegar por la noche y pasarme por la espada a mí y a mi familia.
Holden asintió brevemente con la cabeza.
—Brindemos por eso —prosiguió Holden—. Por el fin de la guerra.
—Por el fin de la guerra —brindó Frick.
En ese momento se abrió la puerta de la taberna y todo quedó en silencio contemplando cómo la alta figura de un soldado entraba por la puerta, en cuanto reconocieron al visitante la conversación volvió a su antiguo volumen e intensidad.
El soldado se acercó a la mesa de Frick y Holden y con un gesto de la mano pidió que le sirvieran una cerveza.
—Hombre, Romgar, ¡cuánto tiempo sin verte! —dijo Holden—. Empezaba a estar preocupado por ti.
El soldado se quitó las pieles y la capa mientras asentía apesadumbrado.
—Ha sido una misión larga... y dura —dijo el soldado.
—¿Los siranios os han dado problemas? —preguntó Frick.
—Ojalá hubieran sido los siranios, pero no —respondió Romgar—. Mi destacamento fue enviado al norte, por lo visto los Skarn están volviendo a dar problemas.
Frick y Holden lo miraron en silencio esperando que continuara.
—Como de costumbre cuando llegamos no vimos más que ganado muerto y aldeas desaparecidas —continuó Romgar—. Pero a esos bastardos nunca se les ve a la luz del día. Acampamos en una colina con un río a la espalda, construimos unas estacas y apostamos el triple de guardias por la noche. La posición defensiva era perfecta. —Pero al amanecer 4 hombres habían desaparecido y nadie había visto nada de nada.
—La misma situación se repitió las dos semanas siguientes, a veces no se llevaban a nadie, otras noches a media docena. Los hombres empezaron a murmurar que eran demonios, pero ni rastro de ellos salvo unas extrañas pisadas en el suelo.
—Al poco llegamos a una aldea desaparecida y no quedaba nadie, ni humano ni bestia.
—Cuando ya la compañía estaba diezmada y nos retirábamos, nos atacaron con todo en una noche. —Esos seres... no sé qué eran pero eran medio bestias y medio personas, algunos tenían porras pero la mayoría de ellos atacaban con garras y dientes que eran afilados como púas. Nos reagrupamos formando un muro de escudos y salimos de allí como pudimos, pero por los 7 que casi no lo contamos.
—Lo siento mucho, amigo —dijo Holden—. Nunca os agradecemos lo suficiente lo que hacéis allí arriba.
—Ya bueno —dijo Romgar con el rostro endurecido—. Pero te juro que si me vuelven a enviar allí antes me corto una mano o me hiero una pierna o alguna mierda así...
Los tres hombres rieron.
—Anda, tomemos otra cerveza —dijo Frick—. A esta os invito yo.