Sonrisas

El Magister Pierre levantó la mirada de sus notas y observó la silenciosa clase. Sus alumnos estaban afanosos por completar la tarea lo antes posible, pero Pierre no confiaba en que nadie pudiera resolver el problema en los próximos 20 minutos.
Volvió a coger la carta de su amigo Wilhem y entrecerró un poco los ojos al leerla de nuevo.
—No puede ser posible... —murmuró Pierre.
Uno de sus alumnos se aproximó a su mesa y le dejó el examen, con una mirada mezcla de orgullo y cautela.
—¿Así que ya hemos terminado, Elías? —preguntó Pierre—. Muy bien, déjalo aquí y luego veré si es correcto. No iba a darle la satisfacción a su alumno tan pronto, pero la verdad es que este año había un par de muchachos prometedores. No era lo habitual.
En la universidad de Alethia la mayoría de los estudiantes eran hijos de nobles, aristócratas o ricos mercaderes. El baremo de entrada era, literalmente, cuánto dinero pudieran aportar sus padres. Así que el auténtico y genuino talento era raro. Es más, muchos de aquellos muchachos tenían algún tipo de trabajo esperándoles al acabar, la mayoría se conformaba con pasar allí una temporada y luego volver a sus quehaceres. Las únicas excepciones eran los hijos segundos a los que no les esperaba una heredad al volver.
"Quizás con suerte alguno aún se quede y decida hacerse Magister", pensó Pierre.
El examen terminó y Pierre esperó a que se vaciara la clase. Sopesó la carta de su amigo Wilhem.
"Tengo que comprobar esto, aunque me temo que va a ser una pérdida de tiempo", continuó pensando Pierre.
Cogió un carruaje y viajó hasta la aldea de Hoffer, donde su viejo amigo servía como soldado en un puesto fronterizo. Nada más bajar del carruaje, su amigo Wilhem le saludó.
—¡Dichosos sean los ojos, Pierre! —saludó efusivamente Wilhem al ver a su amigo bajar—. ¡Hace más de dos veranos que no te veo por aquí!
—Hola, Wilhem —respondió Pierre mientras se ajustaba la túnica y el collar—. Sí, hace un tiempo, ¿verdad?
—Diantres que sí. Hace mucho que no vienes a visitar a tu madre, y la pobre mujer no hace más que preguntarme si tengo alguna noticia de ti —siguió Wilhem.
—Es cierto, es cierto. ¿Y cómo se encuentra? —preguntó Pierre.
—Pues muy mayor, y le está fallando la vista y otro tanto las rodillas. Pero a sus 70 veranos, ¿quién podría estar mejor? Intuyo, eso sí, que no es ese el único motivo de tu visita, ¿me equivoco?
Pierre sonrió, no podía ocultarle muchas cosas a su amigo.
—Está bien, Wilhem, tienes razón —continuó Pierre—. Sabes que quiero mucho a mi madre y que tendría que venir a visitarla más a menudo, pero sí, vengo por esta carta que me enviaste. Dices que mi madre se ha curado por completo del Tizón Gris, pero eso no es posible, nadie se recupera del Tizón Gris. No se conoce ningún caso documentado, e incluso reyes han muerto por él.
Wilhem se encogió de hombros.
—No tengo ni idea de cómo ha sucedido. Salvo que esa sea la voluntad de los dioses, ¿quién sabe? Pero vayamos a verla y compruébalo por ti mismo —se defendió Wilhem.
Caminaron juntos ante la antigua casa de Pierre. Una oleada de nostalgia le asaltó al verla: estaba más vieja, más decrépita, pero a la vez seguía siendo la misma.
Entraron por la puerta sin llamar.
—¡Hola, madre! He vuelto a casa —dijo Pierre al entrar.
—¿Quién? ¿Quién es? ¿Pierre? —se oyó una vocecita desde la sala contigua—. Acércate que no puedo verte.
Pierre entró en la sala y vio a su anciana madre. Se acercó y se fundieron en un largo abrazo.
—¡Cuánto tiempo sin verte, Pierre! —se quejó la anciana—. Ya pensaba que te habías olvidado de mí.
—Eso nunca, madre —respondió Pierre—. Es solo que ando muy atareado en la universidad, ya sabes.
—Sí, claro, claro —dijo la anciana—. Siempre la misma cantinela.
Al fijarse en las piernas de su madre, Pierre notó que habían perdido el color negro-gris del Tizón Gris.
—Madre, ¿qué le ha pasado a tus piernas? —preguntó Pierre—. Ya no están oscurecidas. ¿Qué ha pasado?
La anciana sonrió.
—Pues es por la medicina que me ha dado mi amiga —dijo la anciana.
—¿Qué, qué medicina? ¿Y qué amiga? —inquirió Pierre.
—Mi amiga del lindero del pantano, no habla mucho, pero yo la llamo Risueña. Suele aparecer por las noches en el límite del pantano y un día me ofreció unas bayas sabrosísimas. Desde entonces me desapareció todo el dolor y así como ves.
Miró con cara de extrañeza a Wilhem, que le respondió con una negativa. No sabía de lo que estaba hablando.
A la noche Pierre ayudó a acostar a su madre en la cama y le dijo a Wilhem de ir a investigar en el pantano.
Llegaron un poco más tarde de la puesta del sol y el cielo ya empezaba a oscurecer profundamente. Y una ligera niebla empezaba a salir del pantano y comenzaba a llenar la llanura. En la lejanía avistaron una pequeña figura encorvada, no estaban seguros de si estaba agachada recogiendo hierbas o erguida en su extraño encorvamiento.
De repente les llegó alto y claro la risa, o el canto, o lo que fuera aquello. Era una mezcla de canción en una lengua desconocida, pero entonada en una forma que parecía una risa o júbilo. Los hombres se quedaron unos minutos pasmados viendo como la figura se movía de un lado para otro con sorprendente gracilidad, dando saltitos como si estuviera bailando.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad la pudieron ver mejor, parecía vieja, muy vieja. Las arrugas surcaban su rostro y enmarcaban unos alegres ojos grises. Su pelo era blanquísimo y extremadamente largo, a la vez que sucio de tierra y lodo del pantano.
Wilhem le puso la mano a Pierre en el pecho.
—¡Cuidado! Es una bruja —exclamó Wilhem a Pierre—. ¡Debemos irnos de aquí, ya!
—¡Espera! —respondió Pierre.
Siguieron observando cómo la bruja continuaba su búsqueda por el linde del pantano, sonriendo cada vez que encontraba algo enterrado.
Pierre se adelantó y se acercó a la bruja.
—¡Pierre! ¡No! —gritó Wilhem. Pero no se atrevió a acercarse más a la enigmática figura.
Ya junto a ella, pudo ver a la bruja en todo su esplendor. A pesar de estar muy sucia y cubierta de lodo, olía muy bien, a una mezcla de hierbas aromáticas que no pudo precisar.
En ese momento la bruja se paró y se percató de la presencia de Pierre. Dio un paso hacia él y le miró fijamente a los ojos, empezó a olfatearle de arriba a abajo hasta que finalmente pareció perder interés y siguió recogiendo hierbas.
—Eh, disculpe, señora —musitó Pierre—. Tengo un par de preguntas para usted. Pero como no le hacía caso, insistió y le tocó el hombro.
Entonces sonó un profundo sonido como el de un trueno, y la niebla se intensificó en pocos segundos dejando a Pierre completamente aislado.
Aparecieron numerosas sombras a su alrededor, pero no se acercaron lo bastante para que Pierre pudiera identificarlas.
—Hola... —susurró Pierre. No quería hacer daño a la anciana. Solo quería saber de dónde sacó esas bayas...
A la lejanía se escucharon gritos de Wilhem: —¡Pierre! ¡Pierre! ¿Dónde estás? —voceaba Wilhem.
De repente las sombras empezaron a moverse en círculos alrededor de Pierre, primero lentamente, luego a gran velocidad. Ningún ser humano podría moverse tan rápido. Pierre notó de pronto un corte en la mejilla, se llevó la mano y comprobó horrorizado su mano cubierta de sangre. Luego otra punzada en la espalda, y otra en la pierna y al poco otra en el brazo, pronto notó cómo cien cortes destrozaban su cuerpo.
Al rato la niebla se deshizo y Wilhem pudo encontrar lo que quedaba de su amigo. El cadáver de Pierre yacía sobre un charco de sangre, el cuerpo cubierto de innumerables cortes y laceraciones que no habían sido hechos por espada u hoja alguna.
La bruja seguía a cierta distancia cantando, bailando, como si nada hubiera pasado.
Wilhem la miró intensamente y se llevó la mano a la empuñadura de la espada. Apretó el puño con fuerza hasta que su mano se puso lívida, pero finalmente la relajó. Cogió el cadáver de su amigo y se marchó de allí.