Los fantasmas de Cirwood

—Ya te dije que no le pusieras tanta carga al camello —dijo la mujer mientras se ajustaba el turbante bajo el implacable sol.
—Tú siempre me dices muchas cosas, así que al final en alguna aciertas —bufó el hombre mientras se arrodillaba junto al camello exhausto. —Parece estar bien —prosiguió el hombre—. Solo necesita un poco de descanso.
Otra pausa en el camino, y ya llevaban más de 3 días de retraso. Las pausas en el camino no solo implicaban tener que pagar más días de salarios por toda la caravana, también suponían mucho más consumo de agua. Y la falta de agua en el desierto a veces se pagaba con la muerte.
—Eres un cabezón, Jaqueem —siguió la mujer—. Aunque por eso me casé contigo a pesar de haber rechazado tu cortejo una media docena de veces.
—Si llego a saber lo que me llevaba no hubiera insistido tanto, Zahra —continuó el hombre.
Jaqueem vigiló las dunas circundantes, a estas alturas del día el calor atraía a los escorpiones gigantes y por Ogmio que ya habían tenido suficiente de ellos en esta expedición.
—No podemos demorarnos más —dijo Jaqueem—. Debemos continuar, dale algo de agua al camello y con suerte conseguirá encontrar el camino de vuelta cuando haya descansado. Pero no podemos permitirnos esperar. ¡Continuamos!
—¡Estupendo! —dijo sarcástica Zahra—. Más comida regalada a los escorpiones gigantes, ¡últimamente estamos regalando a todo el mundo!
Jaqueem ni se molestó en contestar ni devolverle la mirada, se subió al caballo y cabalgó hasta la vanguardia de la columna de la caravana para dar una orden de avance. Llevaba un cargamento de aceite, telas y sedas desde la ciudad de Daab hasta Siran. No era la primera vez que hacía esta ruta pero bien es cierto que los bandidos estaban cada vez más peligrosos.
La caravana empezó a dejar lentamente las zonas más áridas, y con el paso de los días empezó a entrar en una zona más verde, el vado de los Lamentos. Era una zona entre el bosque de Cirwood y el mar, y un cuello de botella en el que los bandidos aprovechaban puesto que era una ruta de paso obligatoria para cualquier viajero.
—Aprestad las armas —dijo Jaqueem—. Esta es una de las zonas más peligrosas.
Zahra pareció que iba a decir algo, pero al final calló y no dijo nada más.
La caravana redujo un poco la velocidad y los guardias se situaron tanto en vanguardia como en retaguardia para prevenir un ataque desde varios lados.
De repente el caballo de Jaqueem trastabilló y se escuchó un sonido seco del fémur del caballo al partirse. El jinete trató de mantenerse sobre la montura pero al final también cayó al suelo y rodó por un momento.
—¡Horadadoras! ¡Horadadoras! —gritaron algunos de los guardias para alertar de las típicas trampas para los caballos.
Rápidamente del suelo salieron bandidos que andaban camuflados bajo capas con vegetación encima.
Jaqueem alcanzó a erguirse justo a tiempo para encontrarse con un cuchillo que le rebanó la garganta limpiamente.
Toda una algarabia estalló alrededor mientras más y más bandidos parecían salir del suelo y atacar a la caravana.
Zahra ahogó un grito al ver caer muerto a su marido, pero hizo lo posible por acercarse al jefe de la guardia de la caravana que profería gritos sin ton ni son a sus hombres para que mantuvieran la línea.
—Tenemos que abrirnos paso y encontrar una posición más defendible —le gritó el jefe de los guardias, Karim. —Tenemos que ir hacia el bosque de Cirwood, no hay otro modo —le gritó Zahra desesperada.
El bosque de Cirwood, un muro imponente de árboles de tiempos antiguos con más de 100 varas de alto. Un bosque considerado maldito por la mayoría, un bosque en el que quien se adentraba demasiado profundo en su interior, nunca volvía de vuelta.
Una cuarta parte de los guardias ya habían caído y también un buen número de bandidos.
Zahra pudo ver en la colina de enfrente una figura montada con el sol a sus espaldas, y que estaba dirigiendo con precisión el ataque de los bandidos. "No será ese..." Su pensamiento se vio rápidamente interrumpido por el zumbido de una flecha que pasó a su lado.
—¡Vamos, vamos! —proseguía gritando Karim. Los caballos y los camellos de la caravana comenzaron a moverse hacia el bosque mientras proseguía el constante ataque de los bandidos.
La mitad de los guardias de la caravana ya habían perecido, así como una parte proporcional de la caravana había quedado capturada cuando al fin alcanzaron el bosque.
Los bandidos se pararon de inmediato en el lindero del bosque y desistieron de entrar más en el bosque, parecieron conformarse con la mitad de la caravana y dieron media vuelta para cobrarse su botín.
Los supervivientes de la caravana se internaron más en el bosque mirando a todos lados despavoridos, se habían internado en el bosque maldito, ¿cuánto tardaría la maldición en caer sobre ellos?
Karim cayó en ese momento del caballo, había recibido algunas flechas en el combate y había aguantado hasta que la pérdida de sangre ya fue demasiado para él.
—¡Que Ogmio nos asista! —susurró Zahra—. ¡Necesitamos parar aquí y atender a los heridos! Los bandidos no van a seguirnos hasta aquí.
El murmullo de los hombres fue elevado, pero era cierto que no podían continuar más. Tendrían que parar y recuperarse de las heridas.
En ese momento Karim dejó de moverse, había muerto.
—¡Por todos los Siete! —lloró amargamente Zahra.
En ese momento alzó la vista y vio unas largas figuras vestidas completamente de verde, eran humanos, sí, pero extraordinariamente altos. Portaban cotas de cuero galonadas con vetas de árboles y flores, el rostro tapado por unas máscaras y unos arcos increíblemente largos y blancos como nunca había visto.
—¡Los fantasmas de Cirwood, los fantasmas! —gritaron algunos de los pocos guardias restantes.
No mucho después esas figuras tensaron sus arcos y dejaron caer su letal carga de flechas sobre el resto de la caravana.
Zahra cerró los ojos encomendándose a Thanatos, pero solo sintió el viento revolotear su pelo a medida que las flechas pasaban a su alrededor. Quejidos, sonidos de carne lacerada, luego el silencio... un largo silencio.
Zahra abrió los ojos y vio las figuras enmascaradas delante de ella. No entendía nada, ¿por qué la habían dejado con vida?
Una de esas figuras se acercó y extendió la mano, portaba una pequeña estatuilla blanca y le hizo con la mano un gesto de regalo.
Temblorosa, Zahra extendió la mano y sujetó con delicadeza esa pequeña estatuilla. Indudablemente era la diosa Manat.
Las figuras se volvieron y empezaron a correr y a trepar por los árboles de modo que en un abrir y cerrar de ojos habían desaparecido.
¿Por qué? ¿Por qué los dioses le habrían perdonado la vida? ¿Quiénes eran esas extrañas personas?
Miró lo que quedaba de la caravana: algunos carromatos y caballos aún seguían con vida. Se frotó la cara con desesperación. Daab quedaba ya muy lejos y solo tendría que seguir las montañas del espinazo para llegar a Siran, pero aun así eran por lo menos 10 jornadas de camino.
Por los dioses, ¿por qué tendría que ser tan grande Etrania...?